Cine-artista arruinado, cine-artista de verdad
06 May 2008 
Y es que el cine siempre ha sido algo feo para mucha gente. La fotografía hoy está más aceptada, porque los parámetros a cumplir para que una fotografía sea técnicamente correcta muy a menudo coinciden con los parámetros a seguir para obtener una fotografía artística. Pero en su momento también estuvo calificada como nueva y malvada tecnología, amenazadora del arte tradicional y transgresora de todo aquello que es bueno y sagrado.

Este proceso no se ha dado con el cine. Todo lo contrario. Ha habido dos tipos de personas que han tomado la tecnología y la han utilizado para fines completamente diferentes.

Por un lado tenemos el video arte. Como su nombre indica, es arte, y por tanto bueno. Por otro lado nos encontramos con el cine comercial, que poco crítico de arte dirá es bueno o que siquiera puede serlo.

Así pues, ¿qué hace buena una película? ¿La calidad literaria del guión? ¿La calidad directiva? ¿Una actuación impecable? ¿Un buen montaje? Y, en todo caso, ¿quién decide si el guión, la dirección, la actuación o el montaje son buenos?

En realidad si una película es buena o no se mide por el número de butacas vacías en el cine. 90% de la sala vacía: la película es maravillosa, madre mía qué dirección, ¿te fijaste en esa escena con la mujer desnuda? ¡Qué derroche de originalidad! No he visto nada mejor en mi vida. 70% de la sala vacía: ha estado muy bien, aunque la que vimos el otro día estuvo mejor, aún así la escena de la mujer desnuda fue casi impecable. 50% de la sala vacía: uff… no sé, no sé, no me ha convencido mucho. La escena de la mujer desnuda dejaba mucho que desear. 20% de la sala vacía: ¡qué mala! Pocas películas he visto que me hayan gustado menos. La escena de la mujer desnuda la podían haber quitado y nos hubiéramos quedado igual. Sala llena: qué asco de mundo, yo no vuelvo al cine.

Así pues, cuanto más recauda una película norteamericana, peor es, peor dirección tiene, peor fotografía, peores actores. Y esas películas que obligan a poner a los cines, las españolas, son una maravilla de la arquitectura cinematográfica.

Y es que ¿para qué vamos al cine? ¿Realmente vamos a ver una aburrida sucesión de escenas sin sentido con desnudos femeninos en el 50% de ellas? ¿Realmente vamos al cine como si fuéramos a un museo? ¿A ver arte? No. Vamos al cine a que nos entretengan, a que nos cuenten una historia que nos haga olvidar la nuestra propia. Vamos a dejarnos sorprender por el genio entretenedor de los cineastas.

Así pues hay quien se pasa la vida quejándose de que la gente no sabe apreciar el arte. Que el cine realmente bueno pasa desapercibido, que el mundo en el que vivimos cada día carece de más cultura básica. Pero yo como cineartista me niego a interesarme por lo que al público realmente le interesa. Yo no me involucro con el populacho porque yo estoy por encima. Soy un grandioso artista incomprendido.

Buena película es aquella que cumple con su objetivo, señores. Al cine se va a pasar el rato. Para ver arte, están los museos. Y a quien no le guste, que estudie diseño, de las pocas ramas artísticas que logran sacar el arte de los museos y las glorietas espantosas de determinadas localidades.

Y a quien le pique, que se rasque.
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El arte nuevo es caca de vaca
05 May 2008 
A lo largo de la historia del arte ha habido innumerables personas que han teorizado sobre éste, artistas o no. Pero de todos los que han hecho alguna crítica, de los que se han mojado y han juzgado obras, autores y movimientos, cabe destacar, en mi opinión, a dos grupos. Los inmovilistas, anticuados, conservadores o como queramos llamarles, cuya filosofía artística se podría simplificar de forma bastante basta a quedarse en lo previamente establecido a la hora de pintar o esculpir. Y en segundo lugar estuvieron, están y estarán aquellos que valoran el progreso como algo positivo, el alejamiento más o menos drástico de la producción artística del movimiento anterior. A veces esto significará volver a antiguos cánones, a veces significará volver a unos nuevos.

Algunos inmovilistas valorarán todo el trabajo realizado por el hombre a lo largo de la historia en materia artística. Algunos otros sólo valorarán el movimiento al que consideren pertenecer y que seguramente se encontrará en jaque, contemplando los cambios sociales que lo condenarán a desaparecer -y es que sólo cuando nuestro movimiento artístico peligra es cuando nos enfundamos traje blanco, pechera y careta para esgrimir nuestros mejores argumentos en contra del ofensor enemigo.

Algunos movilistas no valorarán nada que haya sido producido antes de algún hito importante. Recordemos a Marinetti. Otros apreciarán cada momento artístico-histórico-social de una u otra forma.

Lo que no cambia es la convicción con que cada uno, tanto el conservador como el transgresor, expresa las razones por las cuales considera que el arte debe o no cambiar. Si nos pusiéramos la piel de un extraterrestre recién llegado a la tierra, que no sabe ni lo que es el arte, y tras explicarnos lo que es nos tuvieran que convencer de una cosa u otra, ¿cómo seríamos capaces de decidir? Ambos argumentos serán expuestos con igual fuerza y convicción.

En mi opinión no habría forma de decantarse por una idea u otra. Si es lo correcto, bueno, que el arte evolucione o no. Puesto que los argumentos con los que uno se puede batir son estrictamente personales.

Sin embargo, lo cierto es que el arte cambia. O, más bien, que ha cambiado. No se ha mantenido estático más allá de lo que la sociedad se ha mantenido estática. Desde los nómadas que dejaron algún rastro más o menos artístico en las rocas que se encontraron en su camino al hombre cosmopolita y cibernético que deja su huella artístico-digital en un nuevo mundo en el que encontrarás la misma obra con diferente firma.

El arte no se ha mantenido inmóvil. El lenguaje no se ha mantenido inmóvil. Nuestra mente no se ha mantenido inmóvil. A pesar de la reticencia de algunos, el cambio es inevitable. ¿Por qué plantearse si es bueno o malo? Decidir una u otra cosa no constituye más que una pieza, mayor o menor, de nuestra visión del mundo.

Así pues, yo me decantaré por dejarme llevar. Ser posmoderna. Utilizar las malditas nuevas tecnologías que absorben el alma pura del arte y se la llevan al más allá.
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